Desde una perspectiva regional, El Niño representa un recordatorio de que la
competitividad minera ya no depende únicamente de la calidad de los yacimientos
o de los precios internacionales de los minerales. La resiliencia climática se
ha convertido en un factor estratégico para la sostenibilidad de las
operaciones.
La capacidad para gestionar riesgos hidrológicos, proteger
infraestructuras críticas, asegurar el abastecimiento de agua y mantener la
continuidad logística será cada vez más determinante para la industria minera
andina.
Las grandes operaciones mineras cuentan actualmente con estudios hidrológicos,
sistemas de drenaje, reservorios, protocolos de emergencia, monitoreo
meteorológico permanente y planes de continuidad operativa diseñados para
responder ante eventos climáticos extremos.
Estas inversiones no eliminan
completamente los riesgos, pero sí reducen significativamente la probabilidad
de interrupciones prolongadas o impactos severos sobre la producción.
En este contexto, la experiencia acumulada por los países andinos durante los
eventos de 1982-83, 1997-98, 2017, 2023 y 2026 demuestra que la adaptación al
riesgo climático constituye hoy una ventaja competitiva tan importante como la
propia riqueza geológica.
Impacto heterogéneo
Los efectos de El Niño sobre la actividad minera no son homogéneos en la región
andina; aunque el fenómeno tiene un origen común en el Pacífico ecuatorial, sus
manifestaciones climáticas varían significativamente entre países debido a
diferencias geográficas, altitudinales e hidrológicas. Precisamente por ello,
la minería de cada país enfrenta riesgos y oportunidades distintas ante un
mismo evento climático.
En el caso del Perú y Ecuador, los efectos suelen traducirse en temperaturas
superficiales del mar superiores a lo normal, mayor humedad atmosférica y estar
asociados al incremento de precipitaciones y a la ocurrencia de inundaciones,
deslizamientos y activación de quebradas. Resulta importante recordar que la
mayor parte de la producción minera se desarrolla en la sierra, donde los
efectos de El Niño no necesariamente se manifiestan de la misma forma que en la
costa. Mientras algunas zonas pueden registrar precipitaciones por encima de
sus valores normales, otras pueden experimentar impactos mucho más moderados.
Por ello, generalizar que un evento El Niño afectará por igual a toda la
minería constituye una simplificación que no refleja la diversidad geográfica de
la región.
Estas condiciones pueden afectar corredores logísticos, puertos, carreteras, líneas
de transmisión eléctrica y otras infraestructuras críticas para la operación
minera. Dado que ambos países mantienen una importante vinculación de sus
actividades económicas con la costa del Pacífico, los impactos sobre la
conectividad y el transporte suelen constituir uno de los principales factores
de riesgo.
Bolivia presenta una situación más compleja. Dependiendo de la región, El Niño puede
generar tanto precipitaciones intensas como déficits hídricos. En el altiplano
boliviano, donde se concentra una parte importante de la actividad minera
vinculada al estaño, zinc, plata y litio, los periodos de sequía pueden
convertirse en un factor de preocupación debido a la creciente competencia por
los recursos hídricos entre la minería, las ciudades y las actividades
agropecuarias.
En Colombia, por el contrario, El Niño suele manifestarse mediante
una reducción de lluvias y un incremento de las temperaturas. Este escenario
genera presiones sobre la disponibilidad de agua y sobre el sistema energético,
altamente dependiente de la generación hidroeléctrica. Para la minería, ello
puede traducirse en mayores costos operativos asociados al consumo energético,
restricciones hídricas y mayores exigencias para garantizar la continuidad de
las operaciones en determinadas regiones.
Para el caso de Chile, la mayor parte de su producción minera se desarrolla en zonas
áridas y semiáridas del norte del país, donde predominan sus operaciones de
cobre y litio. Históricamente, los eventos El Niño suelen incrementar las
precipitaciones en algunas zonas del desierto de Atacama y en sectores de la cordillera, generando riesgos asociados a aluviones, afectación de caminos y
alteraciones en la infraestructura. Sin embargo, el principal desafío
estructural para la minería chilena continúa siendo la gestión eficiente del
agua, razón por la cual la industria viene desarrollando sus capacidades para el uso de agua desalinizada en labores mineras.
El Dato del RONI según NOAA y ENFEN
A medida que evolucionen las condiciones del Pacífico durante los próximos meses, el seguimiento de los
informes de NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) y ENFEN (Comité Multisectorial en Perú encargado del
Estudio Nacional del Fenómeno El Niño) será fundamental para adoptar decisiones
informadas.
Uno de los indicadores relevantes para monitorear El Niño es el RONI (Relative Oceanic Niño Index), adoptado por la NOAA como referencia oficial desde febrero de 2026 para el seguimiento del fenómeno ENSO (El Niño Oscilación del Sur).
El RONI permite determinar la intensidad de El Niño o La Niña comparando la temperatura del Pacífico
ecuatorial con la del resto de los océanos tropicales. Para interpretar este
indicador se deben considerar dos aspectos fundamentales: el valor del índice,
que confirma la presencia de El Niño cuando supera +0,5 °C durante cinco
períodos trimestrales consecutivos, y la respuesta de la atmósfera al
calentamiento oceánico, ya que no todo incremento de temperatura genera los
mismos efectos sobre el territorio.
En su último Diagnóstico ENSO,publicado el 11 de junio de 2026, la NOAA confirmó oficialmente que las
condiciones de El Niño ya están presentes y que se espera un fortalecimiento
progresivo durante los próximos meses. Por su parte, el Comunicado Oficial
ENFEN N° 11-2026, emitido el 15 de junio, coincide en señalar que el
calentamiento del Pacífico ya se encuentra en desarrollo y que continuará
durante el resto del año.
Asimismo, el ENFEN, mantiene el estado de Alerta de El Niño Costero e indica que el evento iniciado en marzo de 2026
podría prolongarse hasta el verano de 2027.
Las proyecciones señalan una mayor
probabilidad de alcanzar una magnitud fuerte entre junio y septiembre, para luego
disminuir gradualmente hacia fin de año.
Para el verano 2026-2027, la
probabilidad de un evento fuerte alcanza el 48 %, mientras que la de un evento
moderado llega al 46 %.
La alerta temprana de los pronósticos de NOAA y ENFEN resulta relevante porque plantea un escenario en el que podrían
coexistir simultáneamente un Niño Costero y un Niño de alcance global,
situación que históricamente ha estado asociada a los mayores impactos
climáticos en el país de los Incas.
Esto no significa que el fenómeno
carezca de relevancia ni que deban minimizarse sus posibles efectos. Por el
contrario, el escenario proyectado por NOAA y ENFEN exige un seguimiento
permanente y la adopción de medidas preventivas oportunas.
Sin embargo, tampoco
resulta correcto asumir que la sola presencia de El Niño implicará una
paralización generalizada de las operaciones mineras o una reducción inevitable en la producción nacional.
El principal desafío para el sector minero no es la existencia del fenómeno en sí mismo, sino la capacidad de anticiparse a
sus efectos y gestionar adecuadamente los riesgos asociados. En ese sentido, la
preparación, la planificación y la inversión en infraestructura resiliente
continúan siendo las herramientas más eficaces para enfrentar un contexto
climático cada vez más variable y recurrente.

