Durante décadas hemos hablado de capital humano, capital financiero, capital físico e
incluso de capital institucional como pilares del desarrollo. Sin embargo,
existe un activo fundamental que pocas veces forma parte del debate público y
de las políticas económicas: el capital natural.
En lo que va del siglo XXI, este concepto se perfila como uno de los principales indicadores
para medir la riqueza de las naciones y la sostenibilidad de su
crecimiento.
El capital natural comprende el conjunto de activos que la naturaleza proporciona
y que generan bienestar, productividad y desarrollo económico. Incluye los
bosques, el agua, los suelos, los minerales, la biodiversidad, los ecosistemas
marinos, los recursos pesqueros y las fuentes de energía renovable. Desde esta
perspectiva, la naturaleza deja de ser considerada únicamente como una fuente
de recursos para convertirse en un patrimonio estratégico que, cuando es
gestionado responsablemente, produce beneficios económicos, sociales y
ambientales de manera permanente.
Esta visión representa un cambio profundo respecto del modelo tradicional de
desarrollo. Durante gran parte del siglo XX, el progreso de un país se evaluó
principalmente por el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI), el volumen
de inversiones y la infraestructura construida. Las carreteras, puertos,
centrales hidroeléctricas, fábricas y ciudades conformaron el denominado
capital producido, mientras que la educación, la salud y el conocimiento dieron
origen al concepto de capital humano. En las últimas décadas, organismos
internacionales como el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económicos (OCDE), la FAO y las Naciones Unidas han ampliado esta
visión al señalar que la riqueza de una nación depende de la adecuada gestión
de cuatro grandes capitales: el capital producido, el capital humano, el
capital institucional y el capital natural.
El capital natural del Perú
Pocos países en el mundo poseen una dotación de capital natural tan extraordinaria como el Perú.
Su territorio alberga una de las mayores concentraciones de biodiversidad del
planeta, extensos bosques amazónicos, abundantes recursos hídricos, importantes
reservas minerales, ecosistemas marinos altamente productivos y un invaluable
patrimonio cultural estrechamente vinculado con la naturaleza.
Esta riqueza
constituye una ventaja competitiva excepcional y representa una oportunidad
histórica para construir un modelo de desarrollo basado en la competitividad,
la innovación, la inclusión social y la sostenibilidad.
No obstante, este patrimonio también enfrenta importantes amenazas.
Entre los años
2001 y 2024, el Perú perdió aproximadamente 2,8 millones de hectáreas de
bosques. Tradicionalmente esta cifra ha sido presentada como un indicador
ambiental. Sin embargo, desde la óptica de la economía moderna representa,
principalmente, una reducción del capital natural del país.
Este cambio de enfoque transforma la manera de comprender la relación entre
crecimiento económico y conservación ambiental.
Durante años se ha planteado un
falso dilema entre proteger el ambiente o aprovechar los recursos naturales. En
realidad, ambos forman parte de un mismo patrimonio. La minería moderna y
responsable, la agricultura sostenible, el manejo forestal, la conservación de
cuencas, la pesca, la infraestructura resiliente y el turismo de naturaleza no
son actividades incompatibles; por el contrario, constituyen distintas formas
de gestionar inteligentemente el capital natural.
El verdadero desafío no
consiste en escoger entre conservar o producir, sino en lograr que el
aprovechamiento de los recursos naturales mantenga e incremente el valor de ese
patrimonio para beneficio de las generaciones presentes y futuras.
Entre todos los componentes del capital natural, los bosques ocupan un lugar
estratégico.
Más allá de producir madera, regulan el ciclo hidrológico,
capturan y almacenan carbono, estabilizan el clima, protegen los suelos,
conservan la biodiversidad, favorecen la polinización de los cultivos y
sustentan actividades económicas como el ecoturismo, la investigación
científica y el aprovechamiento sostenible de recursos genéticos. Mientras
permanecen en pie continúan generando beneficios económicos diariamente,
aunque gran parte de ese valor permanezca invisible en las cuentas nacionales. En este escenario, la economía ambiental ha desarrollado metodologías para valorar
económicamente los servicios ecosistémicos que brindan los bosques. El objetivo
no es ponerle un precio a la naturaleza, sino estimar el costo económico que
asume la sociedad cuando esos servicios desaparecen como consecuencia de la
deforestación.
Una aproximación al costo económico de la deforestación en Perú
Aplicando metodologías ampliamente utilizadas por el Banco Mundial, la FAO, la iniciativa
The Economics of Ecosystems and Biodiversity (TEEB) y la Plataforma
Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios
de los Ecosistemas (IPBES), es posible realizar una estimación conservadora del
valor económico asociado a la pérdida de bosques en el Perú.
Bajo este enfoque, la deforestación acumulada durante el período 2001-2024
representaría una pérdida potencial cercana a diez mil (US$ 10 000) millones de dólares anuales en
servicios ecosistémicos. Es importante precisar que esta cifra no constituye un dato oficial, sino una
estimación técnica elaborada a partir de metodologías internacionales de
valoración del capital natural. Su principal utilidad consiste en dimensionar
económicamente aquello que normalmente no aparece reflejado en los indicadores
macroeconómicos tradicionales.
La mayor parte de esta valoración corresponde a la regulación hídrica. Los bosques
amazónicos funcionan como una inmensa infraestructura natural que capta agua,
alimenta acuíferos, regula caudales y disminuye el riesgo de inundaciones y
sequías. A ello se suma su función como uno de los principales sumideros
naturales de carbono del planeta, contribuyendo a la mitigación del cambio
climático y generando oportunidades de financiamiento mediante los mercados
internacionales de carbono. La estimación también incorpora el valor asociado a
la protección de los suelos, la conservación de la biodiversidad, la
polinización, la producción forestal sostenible, el turismo de naturaleza, los
recursos genéticos y el patrimonio cultural de los pueblos indígenas.
Una aproximación para la Comunidad Andina
Cuando este análisis se amplía al ámbito regional y se consideran conjuntamente Perú,
Colombia, Bolivia, Ecuador y Chile, la magnitud del capital natural adquiere
una dimensión aún mayor. Sobre la base de estimaciones conservadoras, la
pérdida acumulada de bosques durante el periodo 2001 al 2024 en el presente siglo XXI, representaría una
disminución superior a US$ 50 mil millones anuales en servicios ecosistémicos.
Esta realidad confirma que la conservación y el aprovechamiento sostenible de los
bosques constituyen uno de los mayores desafíos compartidos por los países
andinos. Al mismo tiempo, abre una oportunidad para impulsar una agenda
regional basada en el monitoreo satelital de los bosques, los pagos por
servicios ecosistémicos, la restauración de ecosistemas degradados, el
fortalecimiento de los mercados de carbono y el intercambio de conocimiento
científico y tecnológico.
El dato
Quizá el principal aporte de este análisis seria el concepto de capital natural que permite superar la recurrente confrontación entre desarrollo económico y
conservación ambiental. Así, una mina que opera con altos estándares ambientales,
una cuenca hidrográfica protegida, un bosque manejado sosteniblemente, una agricultura
eficiente en el uso del agua y una ciudad resiliente forman parte de una misma
estrategia de desarrollo orientada a preservar y potenciar la riqueza nacional.

